Sofía.
Siempre pensé a quién esta carta habría de dirigir. Y ahora que tomé la decisión de escribirla, creo que lo mejor es dirigirla a la única víctima de dicha decisión: mi vida. ¿Pero qué es la vida? No lo sé. Me gustaría mucho saberlo en realidad, quizás esta decisión no tendría cabida. No saberlo no es más que otro motivo para alimentar este fallo. Al final, estas líneas harán parte de una historia pasajera para gente como yo, pero eterna para otros seres más trascendentales. Estas palabras son parte del ritual. Y eso siempre fue para mí un misterio. ¿Qué escribe un condenado a muerte la noche antes a su deceso? ¿Con qué esperanza? Pues el acto mismo de escribir, para quién sea, siempre trae consigo, por lo menos, una grieta de esperanza. Para salvarnos de estos fantasmas que nos persiguen, a unos, o para entregar un mensaje, a otros y a los mismos. Y entonces ¿cuál es el mensaje de esperanza que pretendo en esta carta? Tampoco lo tengo claro. Pero siento que tengo uno. Y ahora puedo decir con firmeza, con seguridad, que la esperanza es lo último que se muere, antes de este día en mí, ya todo ha muerto; menos la esperanza. Pero tampoco sé qué espero, qué aguardo, cuál es el punto de enfoque de ese anhelo en mí. Tal vez sea encontrar en el último instante una señal. Y ahora que lo pienso bien, no es despistado pensar que ese es, tal vez, el aguardo de todos. Encontrar en ese final acto un nuevo nacer, una fuerza más grande, ¡más grande! Que los haga retroceder. Los ejemplos dicen, entonces, que no siempre llega esa fuerza.
La decisión ya fue tomada. Por eso también el hecho de escribir estas cuartillas. Y cada vez que lo pienso, me pregunto para qué escribo esto. Sí, seguramente habrá dos o tres personas que en realidad querrán leer esto y encontrar explicaciones (nos creemos siempre con el derecho de pedir explicaciones, hasta a los muertos) y muy seguramente a lo largo de esta lectura encontrarán algunas, y las leerán con cariño, quizás con amor. Otros buscarán con odio también explicaciones y juzgarán hasta ésta, mi más íntima decisión. Y habrá, como siempre, curiosos. Entre estas tres clases de personas no se contarán miles, como podría pasar con otros personajes y muy seguramente no recorrerán estas líneas el rápido flujo del internet. Tan sólo algunas poquísimas personas les importará. Pero tampoco escribo esto como un lamento. Espero que esta carta le interese a quien deba interesarle. No me lamento en lo absoluto de interesarle a una cantidad reducida de personas. Eso a larga está bien. Es bueno saber que alguien lo quiere a uno. Y estoy seguro que las personas que leerán esto con tristeza y buscando entender mi decisión, me quieren muchísimo. Y por esas personas me tomo el trabajo de sentarme esta noche a escribir (entonces ya tenemos un segundo motivo para expresarnos: la gente). Y para ser honestos, ustedes, lo que tienen esta carta entres sus dedos y que lloran, fueron el obstáculo más grande para mi sentencia. Sabrán ustedes perdonar, pero hay decisiones impostergables. Sin importar el quién.
Y acá vendrá el formulario de preguntas. He imaginado que la primera de ellas es el porqué. Bueno, en el primer párrafo empecé a responder, esa es una necesidad vital, incluso para mí, saber el porqué. Pues bien, me pasa que esta vida no la entiendo. Y dirán ustedes “que tonto, yo tampoco la entiendo”, y sí, usted puede que no la entienda, para mí es un hecho fundamental tratar de entenderla, de saber su dinámica, de querer enfrentarla y sortearla. Y ahí el segundo ítem: querer. Ahora ya no la quiero vivir. No me motiva nada para levantarme. Ni siquiera la música o los libros que me faltan por leer o el cine que me falta por ver. O la historia que me falta por aprender. O esa bellísima sensación del viento en el rostro o Bocelli con su hermosa voz (que escucho en este instante). No hay nada ya que me produzca esa sensación primaria y natural de querer vivir. ¡De querer! Sí, ya lo sé, hay días en los que ese elemento natural nos falta o escasea; pero en mí no fueron días; fueron también semanas y meses y años. Ese porqué lo conforman otros elementos: tampoco existe nada que me haga creer en mí. ¡Nada! No creo, siquiera, en mi nombre, ese extraño que me ha definido desde hace veinticinco años. Me suena extraño y ajeno. En realidad, todo me sabe extraño, lo relaciono conmigo cual extranjero. Mi colchón es un extranjero en mi entorno, mis libretas, mis libros, mi música, mis morrales, hasta mi ropa. Ahora soy un extraño que me habito.
En algún momento escribí lo insoportable que es ese problema de la muerte. No ese trascender a otras vidas a otros campos, lo cual no creí nunca y menos ahora, sino el problema, mas humanos si se quiere, de qué hacer con el cuerpo. Es una lástima que no me puede hacer yo cargo de ese problemilla. Pero es una molestia pequeña, a la larga simplemente es un cuerpo más, sin importancia, que cualquier tierra bien tendrá en recibirla, sin protestas, un abono más.
Dejo con tristeza, ya lo escribí, alguna música, una decena de libros y un poco de buen cine que no alcancé a escuchar, leer y ver. Pero también, con nostalgia (que bellamente la trata Kundera en sus textos), dejo unos labios, pequeños y hermosamente dibujados; unos ojos tristes y rodeados de una sombra tenue y un par de manos delgadas y suaves. Y una constancia de amor que sello con este punto final.
Santiago.